martes, 30 de junio de 2009

EL APRENDIZAJE Y EL DESARROLLO DE LAS COMPETENCIAS

EL APRENDIZAJE Y EL DESARROLLO DE LAS COMPETENCIAS
¿EL APRENDIZAJE ES ALGO TAN TRIVIAL QUE SE PUEDE OBSERVAR Y MEDIR CON BASE EN UNAS SIMPLES PREGUNTAS A PROPÓSITO DE UNOS CONTENIDOS CUALESQUIERA?

El aprendizaje es un proceso en el que el alumno se apropia de conocimientos y experiencias, desarrollando habilidades, destrezas y actitudes para construir sus propios esquemas mentales al relacionar los conocimientos nuevos con los previos para poder utilizarlos, posteriormente, en las situaciones que se le presenten en la vida real; esta acumulación, no sólo de contenidos, sino de experimentaciones, resolución de problemas, toma de decisiones, etc., que el alumno debe trabajar en el aula, se cuantifica y se representa al final de período escolar; pero el verdadero aprendizaje, el que el alumno se apropia y que, en la medida de su reflexión personal y sus estructuras afectivo-cognitivas, le resulta significativo, no se puede medir. Por experiencia, a lo largo del tiempo, nos hemos percatado de que aquellos alumnos que obtenían excelentes calificaciones, no siempre eran los mejores profesionistas; por otro lado, hemos observado que ha habido jóvenes que no fueron de dieces, sino más bien de calificaciones regulares y que resultaron ser personas exitosas en su vida, ya sea como profesionistas o como trabajadores.
Esto es una prueba de que el aprendizaje no debe ser mecanizado, es decir, solamente memorístico para acreditar un examen o para “recitar” una exposición; sino que, a través de una clase dinámica, con ejemplos y ejercicios contextualizados, el alumno vaya “practicando” lo que tendrá que enfrentar en la vida cuando haya concluido sus estudios.
En el quehacer educativo, la palabra competencia significa “hacer a alguien capaz de”, que el alumno descubra y desarrolle sus habilidades, destrezas y actitudes para resolver, decidir y actuar.
La formación académica consiste no sólo en los saberes que el alumno debe apropiarse, sino concientizarlo de actitudes positivas, de ser colaborativo, activo, crítico y de tomar posturas firmes que lo lleven a tener una vida exitosa.
La educación de ahora requiere que a los estudiantes se les presente la realidad a través de un conflicto cognitivo, parta que desarrolle la capacidad de reflexión, análisis, de crítica y tome decisiones correctas.

CONCEPCIONES DE APRENDIZAJE

CONCEPCIONES DE APRENDIZAJE
Los modelos educativos que se han implementado en el devenir histórico han obedecido a las necesidades sociales, políticas y económicas de la época, pero también han sido objeto de estudio de los especialistas, científicos e investigadores sobre el aprendizaje.
Los conocimientos no son tabletas que pudiera “recetar” el docente y que, una vez dentro del organismo “inundara” de saberes al alumno; son informaciones que el alumno tiene que obtener, asimilar, relacionar y, finalmente, aprehender.
Considero que todas las teorías sobre el aprendizaje están relacionadas, algunas han sido producto de la continuación de trabajos de investigación como en el caso del constructivismo.
Los contenidos de las asignaturas son de diversos tipos y se requiere diferentes estrategias para aprenderlos, entenderlos y aplicarlos; por ejemplo, hay temas donde los alumnos tendrán que “memorizar” porque son datos establecidos como las fechas de los sucesos históricos, y aquí estamos hablando del conductismo; la memorización, no está peleada con las nuevas formas de trabajo, pues depende de la forma como sea encauzado el contenido. Sin embargo, las teorías que están más relacionadas con el aprendizaje por competencias son todas las demás. En la Teoría del Procesamiento de la Información se habla del conocimiento previo más el nuevo para generar un nuevo aprendizaje, muy relacionado con el aprendizaje significativo de Ausubel, con la diferencia de que el primero lo semejaba a un proceso cibernético. La Teoría del Aprendizaje por Descubrimiento permite el autodesarrollo de competencias porque los seres humanos aprendemos, desde que nacemos, por descubrimiento, cuando hemos tenido contacto con el objeto; esto quiere decir que los jóvenes no sólo aprenden en las aulas, sino en cualquier lugar donde se encuentren y, de esa manera, van construyendo su acervo cultural.
La Psicología Cognitivista también está relacionada con la nueva forma de aprendizaje, pues considera que este es un proceso que se realiza paso a paso; por otra parte, hace mención de las condiciones internas para que el aprendizaje se logre: la motivación, captación, comprensión, adquisición y retención; una vez que el conocimiento ha sido asimilado, el alumno será capaz de responder (recordar y aplicar) cuando le interrogue el docente. De esta Psicología Cognitivista quiero destacar la importancia de la motivación, pues marcará el interés o desinterés por conocer el tema del día.
El Constructivismo de Piaget y el Socio-constructivismo de Vogotsky plantean la interacción con el medio, el alumno va a aprender de manera individual, pero con base en la interacción con lo que le rodea y con el trabajo colaborativo; esto es lo que pretende el aprendizaje por competencias, aprender con situaciones reales que pueda aplicar cuando se le presente la oportunidad, generar en el alumno la idea de que es un ser social y que, por lo tanto, debe ser activo y tomar decisiones tanto en lo personal como en lo social.

miércoles, 27 de mayo de 2009

La aventura de ser maestro

La aventura de ser maestro

José M. Esteve
Universidad de Málaga
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Ponencia presentada en las XXXI Jornadas de Centros Educativos
Universidad de Navarra. 4 de febrero de 2003
Tras veinticinco años de recorrido profesional, el autor afirma que se aprende a ser profesor por ensayo y por error. En el camino deben sortearse distintas dificultades, como elaborar tu propia identidad profesional, dominar las técnicas básicas para ser un buen interlocutor, resolver el problema de la disciplina y adaptar los contenidos al nivel de conocimiento del alumnado.
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La enseñanza es una profesión ambivalente. En ella te puedes aburrir soberanamente, y vivir cada clase con una profunda ansiedad; pero también puedes estar a gusto, rozar cada día el cielo con las manos, y vivir con pasión el descubrimiento que, en cada clase, hacen tus alumnos.
Como casi todo el mundo, yo me inicié en la enseñanza con altas dosis de ansiedad; quizás porque, como he escrito en otra parte, nadie nos enseña a ser profesores y tenemos que aprenderlo nosotros mismos por ensayo y error. Aún me acuerdo de mi primer día de clase: toda mi seguridad superficial se fue abajo al oír una voz femenina a mi espalda: “¡Qué cara de crío. A éste nos lo comemos!”. Aún me acuerdo de mi miedo a que se me acabara la materia que había preparado para cada clase, a que un alumno me hiciera preguntas comprometidas, a perder un folio de mis apuntes y no poder seguir la clase... Aún me acuerdo de la tensión diaria para aparentar un serio academicismo, para aparentar que todo estaba bajo control, para aparentar una sabiduría que estaba lejos de poseer...[I1]
Luego, con el paso del tiempo, corrigiendo errores y apuntalando lo positivo, pude abandonar las apariencias y me gané la libertad de ser profesor: la libertad de estar en clase con seguridad en mí mismo, con un buen conocimiento de lo que se puede y lo que no se puede hacer en una clase; la libertad de decir lo que pienso, de ensayar nuevas técnicas para explicar un tema, de cambiar formas y modificar contenidos. Y con la libertad llegó la alegría: la alegría de sentirme útil a los demás, la alegría de una alta valoración de mi trabajo, la alegría por haber escapado a la rutina convirtiendo cada clase en una aventura y en un reto intelectual.
Pensar y sentir
El camino y la meta me los marcó Unamuno en una necrológica de Giner de los Ríos, leída por azar en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza: “Era tan hombre y tan maestro, y tan poco profesor -el que profesa algo-, que su pensamiento estaba en continua y constante marcha, mejor aun, conocimiento... y es que no escribía lo ya pensado, sino que pensaba escribiendo como pensaba hablando, pensaba viviendo, que era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir”.
”Era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir”... Miguel de Unamuno y su preocupación por enlazar pensamiento y sentimiento... Nunca encontré una mejor definición del magisterio: dedicar la propia vida a pensar y sentir, y a hacer pensar y sentir;[I2] ambas cosas juntas. Muchos colegas coinciden en este punto. Mª Carmen Díez, desde la escuela primaria, expresa así su visión actual de la enseñanza: “ahora entiendo la escuela como un sitio adonde vamos a aprender, donde compartimos el tiempo, el espacio y el afecto con los demás; donde siempre habrá alguien para sorprenderte, para emocionarte, para decirte al oído algún secreto magnífico”. Fernando Corbalán, un profesor de secundaria, tras hablarnos de que en clase tenemos que divertirnos, buscar el ansia de saber y propiciar una atmósfera de investigación, concluye: “Y no se piense que sólo se abre la mente a los alumnos. También la del profesor se expande y se llena de nuevos matices y perspectivas más amplias, y funciona la relación enriquecedora en los dos sentidos. Mi experiencia, al menos, me dice que algunos de los juegos y problemas con los que he disfrutado, y que sigo utilizando, han tenido su origen en la dinámica de la clase... Y cuando se crea esa atmósfera mágica en clase, con los fluidos intelectuales en movimiento, pocas actividades hay más placenteras”.
Hace tiempo, descubrí que el objetivo es ser maestro de humanidad. Lo único que de verdad importa es ayudarles a comprenderse a sí mismos y a entender el mundo que les rodea. Para ello, no hay otro camino que rescatar, en cada una de nuestras lecciones, el valor humano del conocimiento. Todas las ciencias tienen en su origen a un hombre o una mujer preocupados por desentrañar la estructura de la realidad. Alguien, alguna vez, elaboró los conocimientos del tema que explicas, como respuesta a una preocupación vital. Alguien, sumido en la duda, inquieto por una nueva pregunta, elaboró los conocimientos del tema que mañana te toca explicar. Y ahora, para hacer que tus alumnos aprendan la respuesta, no tienes otro camino más que rescatar la pregunta original. No tiene sentido dar respuestas a quienes no se han planteado la pregunta; por eso, la tarea básica del docente es recuperar las preguntas, las inquietudes, el proceso de búsqueda de los hombres y mujeres que elaboraron los conocimientos que ahora figuran en nuestros libros. La primera tarea es crear inquietud, descubrir el valor de lo que vamos a aprender, recrear el estado de curiosidad en el que se elaboraron las respuestas. Para ello hay que abandonar las profesiones de fe en las respuestas ordenadas de los libros, hay que volver las miradas de nuestros alumnos hacia el mundo que nos rodea y rescatar las preguntas iniciales obligándoles a pensar.
Cada día, antes de explicar un tema, necesito preguntarme qué sentido tiene el que yo me ponga ante un grupo de alumnos para hablar de esos contenidos, qué les voy a aportar, qué espero conseguir. Y luego, cómo enganchar lo que ellos saben, lo que han vivido, lo que les puede preocupar, con los nuevos contenidos que voy a introducir. [I3] Por último me lanzo un reto: me tengo que divertir explicándolo, y esto es imposible si cada año repito la explicación del tema como una salmodia, con la misma gracia en el mismo sitio y los mismos ejemplos; llevo treinta años oyéndome explicar los temas, en algunas ocasiones, repitiéndolos dos o tres veces en distintos grupos; he calculado que me jubilo el año 2.021 y estoy seguro de que moriré de aburrimiento si me oigo año tras año repitiendo lo mismo, con mis papeles cada vez más amarillos y los rebordes carcomidos. La renovación pedagógica, para mí, es una forma de egoísmo: con independencia del deseo de mejorar el aprendizaje de mis alumnos, la necesito como una forma de encontrarme vivo en la enseñanza, como un desafío personal para investigar nuevas formas de comunicación, nuevos caminos para hacer pensar a mis alumnos... “pensaba hablando, pensaba viviendo, que era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir...” Desde esta perspectiva, la enseñanza recupera cada día el sentido de una aventura que te rescata del tedio y del aburrimiento, y entonces encuentras la libertad de expresar en clase algo que te es muy querido. Inmediatamente recibes la respuesta: cien alumnos pican el anzuelo de tu palabra y ya puedes dejar correr el sedal, modulas el ritmo de tu explicación a la frecuencia que ellos emiten con sus gestos y sus preguntas, y la hora se pasa en un suspiro -también para ellos-. Y entonces descubres la alegría: ese momento de magia te recompensa las horas de estudio y te hace sentirte útil en la enseñanza.
No hay mejor regalo de los dioses que encontrar un maestro. A veces tenemos la fortuna de encontrar a alguien cuya palabra nos abre horizontes antes insospechados, nos enfrenta con nosotros mismos rompiendo las barreras de nuestras limitaciones; su discurso rescata pensamientos presentidos que no nos atrevíamos a formular, e inquietudes latentes que estallan con una nueva luz. Y, curiosamente, no nos sentimos humillados por seguir el curso de un pensamiento ajeno; por el contrario, su discurso nos libera y nos ensancha creando en nosotros un juicio paralelo con el que reestructuramos nuestra forma de ver la realidad; y luego, extinguida la palabra, aún encontramos los ecos que rebotan en nuestro interior obligándonos a ir más allá, a pensar por nuestra cuenta, a extraer nuevas conclusiones que no estaban en el discurso original... Este es el objetivo: ser maestros de humanidad... a través de las materias que enseñamos, o quizás, a pesar de las materias que enseñamos; recuperar y transmitir el sentido de la sabiduría; rescatar para nuestros alumnos, de entre la maraña de la ciencia y la cultura, el sentido de lo fundamental permitiéndoles entenderse a sí mismos y explicar el mundo que les rodea.
Las dificultades
He hablado de mis precarios inicios en la enseñanza, y de mi visión actual tras treinta años de recorrido profesional; pero, para ayudar a otros a recorrer el mismo camino, tengo ahora que hablar del proceso intermedio, e, inevitablemente, de las dificultades a sortear.
Identidad profesional
El primer problema consiste en elaborar tu propia identidad profesional. Esto implica cambiar tu mentalidad, desde la posición del alumno que siempre has sido, hasta descubrir en qué consiste ser profesor. Y aquí aparecen los primeros problemas, porque hay enseñantes que no aceptan el trabajo de ser profesor. Las dificultades suelen ser distintas entre los profesores de primaria respecto a los de secundaria.
Entre los de primaria el peor problema es la idealización: la formación inicial que han recibido suele repetir con insistencia lo que el buen profesor “debe hacer”, lo que “debe pensar” y lo que “debe evitar”; pero nadie les ha explicado, en términos prácticos, cómo actuar, cómo enfocar los problemas de forma positiva y cómo eludir las dificultades más comunes. Han aprendido contenidos de enseñanza, pero no saben cómo organizar una clase, ni cómo ganarse el derecho a hacerse oír. Así, se les ha repetido hasta la saciedad la importancia de la motivación para el aprendizaje significativo: “el buen profesor debe motivar a sus alumnos”; pero nadie se ha preocupado de que aprendieran de forma práctica diez técnicas específicas de motivación. Pese a que una de las principales tareas a desarrollar en su trabajo será la enseñanza de la lectura y la escritura, muy pocas diplomaturas de maestro incluyen un curso de lectoescritura, mientras que es frecuente que se dediquen cursos enteros al aprendizaje de la fonética.
Por estos caminos, al llegar al trabajo práctico en la enseñanza, el profesor novato se encuentra con que tiene claro el modelo de profesor ideal, pero no sabe cómo hacerlo realidad. Tiene claro lo que debería hacer en clase, pero no sabe cómo hacerlo. “El choque con la realidad” dura dos o tres años; en ellos el profesor novato tiene que solucionar los problemas prácticos que implica entrar en una clase, cerrar la puerta y quedarse a solas con un grupo de alumnos.
En este aprendizaje por ensayo y error, uno de los peores caminos es el de querer responder al retrato robot del “profesor ideal”; quienes lo intentan descubren la ansiedad de comparar, cada día, las limitaciones de una persona de carne y hueso con el fantasma etéreo de un estereotipo ideal. Desde esta perspectiva, si las cosas salen mal es por que yo no valgo, por que yo no soy capaz de dominar la clase; y, de esta forma, los profesores novatos se ponen a sí mismos en cuestión, y, a veces, cortan los canales de comunicación con los compañeros que podrían ayudarles: ¿cómo reconocer ante otros que yo tengo problemas en la enseñanza, si el “buen profesor” no “debe” tener problemas en clase? Como señala el artículo de Fernández Cruz, la identidad profesional se alcanza tras consolidar un repertorio pedagógico y tras un periodo de especialización, en el que el profesor novato tiene que volver a estudiar temas y estrategias de clase, ahora desde el punto de vista del profesor práctico y no del estudiante de magisterio.
Entre los profesores de secundaria, el problema de la identidad profesional es mucho más grave. Como señala Fernando Corbalán: “la inmensa mayoría de los profesores de secundaria nunca tuvimos una vocación clara de enseñantes... Estudiamos una carrera para otra cosa (matemático profesional, químico, físico,...)”. En efecto, nuestros profesores de secundaria se forman en unas Facultades universitarias de Ciencias y Letras que, ni por asomo, pretenden formar profesores. En ellas predomina el modelo del investigador especialista. Como resultado de este modelo, el profesor que llega al Instituto para explicar Geografía e Historia, y, con un poco de mala suerte un curso suelto de Ética, se identifica a sí mismo como “medievalista”, ya que, durante los últimos cinco años de su vida, la Universidad le ha insistido en la necesidad de estudiar Paleografía, Epigrafía y Numismática, Latín y Árabe para acceder a los documentos medievales, y se le ha iniciado en el trabajo de Archivo, centrándole en una época histórica muy determinada y permitiéndole olvidar el resto de la historia. Al parecer, nadie se ha puesto a pensar en el problema de identidad que sobreviene a nuestro medievalista cuando se enfrenta a una clase bulliciosa de treinta adolescentes en una zona rural o en un bario conflictivo. El sentimiento de error y de autoconmiseración se apodera de nuestro nuevo profesor. El es un investigador, un medievalista, ha pasado dos veranos en el archivo de Simancas preparando su Tesina entre documentos originales que él es capaz de descifrar... ¿por qué le obligan ahora a enseñar Historia General, que no es lo suyo, y, de paso Geografía y Ética? Y, además, descubre horrorizado que los alumnos no tienen el menor interés por la Historia, y que temas claves de su especialidad -como el apasionante tema de su tesina- se despachan con dos párrafos en el libro de texto.
Para colmo, nuestro futuro profesor de secundaria se da cuenta de que no sabe cómo organizar una clase, cómo lograr un mínimo orden que permita el trabajo y cómo ganarse la atención de los alumnos. Aquí, el problema de perfilar una identidad profesional estable pasa por un auténtico proceso de reconversión, en el que el elemento central consiste en comprender que la esencia del trabajo del profesor es estar al servicio del aprendizaje de los alumnos. ¡Qué duro resulta comprender esto a la mayor parte de nuestros profesores de secundaria y de Universidad! Ellos son investigadores, especialistas, químicos inorgánicos o físicos nucleares, medievalistas o arqueólogos, ¿por qué van ellos a rebajar sus niveles de conocimientos a la mentalidad de treinta adolescentes bárbaros? ¡Hay que mantener el nivel! -gritan exaltados-, y ello significa, en la práctica, que dan clase para dos o tres privilegiados, mientras el resto de los alumnos van quedando descolgados. Y además, hasta el fin de sus días, vivirán la enseñanza rumiando la afrenta de que la sociedad les obligue a abandonar el Olimpo de su investigación para mantener contacto un grupo de adolescentes.
Por contra, algunos profesores consiguen estar a gusto en su trabajo, y descubren que esto pasa, necesariamente, por una actitud de servicio hacia los alumnos, por el reconocimiento de la ignorancia como el estado inicial previsible, por aceptar que la primera tarea es encender el deseo de saber, por aceptar que el trabajo consiste en reconvertir lo que sabes para hacerlo accesible a un grupo de adolescentes... Un viejo maestro me decía que, enseñar al que no sabe está catalogado, oficialmente, entre las obras de misericordia; y, en efecto, hace falta un cierto sentido de la humildad para aceptar que tu trabajo consiste en estar a su servicio, en responder a sus preguntas sin humillarlos, en esperar algunas horas en tu despacho por si alguno quiere una explicación extra, en buscar materiales que les hagan asequible lo esencial, y en recuperar lagunas de años anteriores para permitirles acceder a los nuevos conocimientos. Lo único verdaderamente importante son los alumnos... Esa enorme empresa que es la enseñanza no tiene como fin nuestro lucimiento personal, nosotros estamos allí para transmitir la ciencia y la cultura a las nuevas generaciones, para transmitir los valores y las certezas que la humanidad ha ido recopilando con el paso del tiempo, y advertir a las nuevas generaciones del alcance de nuestros grandes fracasos colectivos. Esa es la tarea con la que hemos de llegar a identificarnos.
Comunicación e interacción
El segundo problema a solucionar para ganarse la libertad de estar a gusto en clase hace referencia a nuestro papel de interlocutor. Un profesor es un comunicador, es un intermediario entre la ciencia y los alumnos, que necesita dominar las técnicas básicas de la comunicación. Además, en la mayor parte de los casos, las situaciones de enseñanza se desarrollan en un ámbito grupal, exigiendo de los profesores un dominio de las técnicas de comunicación grupal. Por tanto, ese proceso de aprendizaje inicial, que ahora se hace por ensayo y error, implica entender que una clase funciona como un sistema de comunicación e interacción.
Una buena parte de las ansiedades y los problemas de los profesores debutantes se centran en este ámbito formal de lo que se puede y lo que no se puede decir o hacer en una clase. El profesor novato descubre enseguida que, además de los contenidos de enseñanza, necesita encontrar unas formas adecuadas de expresión, en las que los silencios son tan importantes como las palabras, en las que el uso de una expresión castiza puede ser simpático o hundirnos en el más espantoso de los ridículos. El problema no consiste sólo en presentar correctamente nuestros contenidos, sino también en saber escuchar, en saber preguntar y en distinguir claramente el momento en que debemos abandonar la escena. Para ello hay que dominar los códigos y los canales de comunicación, verbales, gestuales y audiovisuales; hay que saber distinguir los distintos climas que crean en el grupo de clase los distintos tonos de voz que el profesor puede usar: un tono grave y pausado induce al grupo a la reflexión, mientras que si queremos animar un debate debemos subir algo el tono de voz... etc.
Los profesores experimentados saben qué lugar físico deben ocupar en una clase, dependiendo de lo que ocurra en ella; saben interpretar las señales gestuales que emiten los alumnos para regular nuestro ritmo de clase, y el dominio de éstas y otras habilidades de comunicación requiere entrenamiento, reflexión y una constante actitud de autocrítica para depurar nuestro propio estilo docente. Al final, conseguimos ser dueños de nuestra forma de estar en clase, conseguimos comunicar lo que exactamente queremos decir, y logramos mantener una corriente de empatía con nuestros alumnos.
Disciplina
Otro obstáculo serio a superar, quizás el que genera en los novatos la mayor ansiedad, es el problema de la disciplina. En realidad, es un problema muy unido a nuestros sentimientos de seguridad y a nuestra propia identidad como profesores. En este tema he visto de todo: desde colegas que entran el primer día en clase pisando fuerte, con aires de matón de barrio, porque alguien les ha dado el viejo consejo de que no pueden sonreír hasta Navidad, hasta colegas desprotegidos e indefensos incapaces de soportar el más mínimo conflicto personal. Entre esos dos extremos que van desde la indefensión hasta las respuestas agresivas, el profesor tiene que encontrar una forma de organizar a la clase para que trabaje con un orden productivo. Y, en cuanto comienza a hacerlo, descubre que esto tampoco se lo han enseñado. Se supone que el “buen profesor” debe saber organizar la clase, pero en pocas ocasiones se le ha contado al futuro profesor dónde está la clave para que el grupo funcione sin conflictos.
El viejo supuesto, según el cual, “para enseñar una asignatura lo único realmente importante es dominar su contenido” encuentra en este campo su negación más radical. Entonces, el profesor descubre que debe atender otras tareas distintas a las de enseñar: tiene que definir funciones, delimitar responsabilidades, discutir y negociar los sistemas de trabajo y de evaluación hasta conseguir que el grupo trabaje como tal. Y esto requiere una atención especial, a la que también hay que dedicar un cierto tiempo. El razonamiento y el diálogo son las mejores armas, junto con el convencimiento de que los alumnos no son enemigos de quienes tienes que defenderte. Mi experiencia me dice que los alumnos son seres esencialmente razonables; es posible que, si te dejas, intenten llevarte al huerto y bajar algo tus niveles de exigencia, pero si la razón te asiste y en ella fundas tu propia seguridad, los alumnos saben descubrir muy bien cuáles son los límites.
Contenidos y niveles
Por último, nos queda el problema de adaptar los contenidos de enseñanza al nivel de conocimientos de los alumnos. El profesor novato tiene que entender que ha dejado la Universidad, tiene que desprenderse de los estilos académicos del investigador especialista, y adecuar su enfoque de los conocimientos para hacerlos asequibles a su grupo de clase. Yo también protesto por el bajo nivel con el que me llegan mis alumnos, pero protestar no sirve de nada, tienes los alumnos que tienes, y con ellos no hay más que una alternativa: o los enganchas en el deseo de saber, o los vas dejando tirados conforme avanzas en tus explicaciones. Hay quien, en salvaguarda del nivel de enseñanza, adopta la segunda opción; pero a mí siempre me ha parecido el reconocimiento implícito de un fracaso; quizás porque, como dije antes, hace tiempo que descubrí que en cualquier asignatura, lo único importante es ser maestro de humanidad.
El orgullo de ser profesor
Y ahora, ya, el tiempo corre en mi contra. No espero nada nuevo del futuro: he hecho lo que quería hacer, y estoy donde quería estar. Es posible que mucha gente piense que ser profesor no es algo socialmente relevante, pues nuestra sociedad sólo valora el poder y el dinero; pero a mí me queda el desafío del saber y la pasión por comunicarlo. Me siento heredero de treinta siglos de cultura, y responsable de que mis alumnos asimilen nuestros mejores logros y extraigan consecuencias de nuestros peores fracasos. Y, junto a mí, veo a un nutrido grupo de colegas, en las zonas rurales más apartadas y en los barrios más conflictivos, orgullosos de ser profesores, trabajando día a día por mantener en nuestra sociedad los valores de la cultura y el progreso... entre ellos hay valiosos maestros de humanidad: hombres y mujeres empeñados en enseñar a sus alumnos a enfrentarse consigo mismos desde el preescolar hasta la Universidad.
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MIGUEL DE UNAMUNO (1864-1936)
Escritor, filósofo, humanista. Rector de la Universidad de Salamanca. Autor de una extensa obra literaria en la que destacan sus ensayos, en los que analiza la realidad social con una visión crítica y con una fuerte implicación personal. Se le considera uno de los mejores representantes de la Generación del 98. Su enfrentamiento a la dictadura de Primo de Rivera le llevó al destierro.
FRANCISCO GINER DE LOS RIOS (1839-1915)
Catedrático de derecho de la Universidad de Madrid. En 1876 renuncia a su puesto en defensa de la libertad de cátedra y funda la Institución Libre de Enseñanza, la institución educativa más innovadora en la España de finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Su Residencia de Estudiantes es el centro clave de reunión y de formación de los mejores intelectuales y artistas españoles del siglo XX.

[I1]Bien dicen que no se nace sabiendo y cuando somos egresados de universidades pues no sabemos cómo impartir una clase; sin embargo, debemos ser optimistas y pacientes, pero sobre todo, mantener el interés por mejorar, pensando siempre en que somos servidores del alumnado y que todo lo que hagamos repercutirá en su progreso.

[I2]Para lograr lo segundo, primero debemos pensar y sentir nosotros como docentes. Pensar en lo que queremos que nuestros alumnos aprendan y planearlo con base en sus necesidades; y sentir la responsabilidad que pesa sobre nuestros hombros en cuanto a la formación de esos jóvenes que creen y confían en nosotros.

[I3]Es importante interactuar con los alumnos pues de ellos también aprendemos, también considerar los conocimientos que tienen del tema para buscar la manera de abordarlo, facilitándoles el enlace con los nuevos datos.

Mi confrontación con la docencia

MI CONFRONTACIÓN CON LA DOCENCIA

Soy egresada de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Veracruzana, mi proyecto de trabajo eran los medios impresos; sin embargo, por la naturaleza de la vida, inicié los preparativos de mi boda, cuando andaba en estas ondas del matrimonio tuve una oferta de trabajo en el COBAEV (Colegio de Bachilleres del Estado de Veracruz), me gustó la idea de dar clases pues me ofrecían la asignatura de Taller de Lectura y Redacción, muy relacionada con lo que estudié, pero no acepté porque sabía que me iría a vivir al sur del Estado. Al año de casada, recibí una llamada invitándome nuevamente a trabajar en esa institución y no lo dudé, sabía que ese era mi destino pues increíblemente se me presentaba una segunda oportunidad. Dejé a mi esposo en el sur (claro, de común acuerdo) y junto con mi hijo me fui a Álamo, de donde soy originaria y en donde se encuentra el COBAEV-5 donde actualmente trabajo. Estoy por cumplir, el 1º. de marzo, 18 años de servicio. En mi carrera aprendí muchas cosas enfocadas a trabajar con la información y la difusión de los hechos, pero muy diferente a lo que hago ahora, así que cuando empecé en la docencia no sabía nada de estrategias didácticas, de metodologías, de dinámicas ni de planeaciones; todo lo he ido aprendiendo a través de una serie de cursos que la institución ha impartido y de dos diplomados que he recibido sobre la planeación didáctica. También me gusta actualizarme en cuanto a los contenidos de las asignaturas que imparto: T.L.R. y Ciencias de la Comunicación, algunos temas los conocí en la escuela, pero la gran mayoría han sido producto de mi trabajo de investigación.
Reconozco que al principio trabajé como docente por necesidad, pues la economía era poca en mi nueva familia; sin embargo, con el paso del tiempo, me he dado cuenta que me gusta mucho dar clases. Cuando fui estudiante me gustaba ser la primera en todo, me gustaba buscar información en varios libros o fuentes, me gustaba hacer las tareas completas; pues eso mismo es lo que sigo haciendo y con mucho agrado, sigo buscando información para mejorar y actualizar mi labor; además, me agrada el contacto que tengo con mis alumnos, con la mayoría me llevo muy bien, claro, a los que son flojitos no les he de caer ni en gracia, pero todos saben que conmigo pueden platicar y hasta hacer alguno que otro chascarrillo.
Cuando ingresé como docente tenía 23 años, así que me identificaba demasiado con los muchachos pues no había mucha diferencia de edades; hoy los veo diferente, los veo con ojos maternalistas, pues tengo un hijo de 18 años que acaba de egresar de la institución donde laboro, incluso, fue mi alumno; así que ahora los veo y los relaciono con la forma de ser de mi hijo, tal vez, eso me ayuda a comprender más sus inquietudes y sus cambios, platico con ellos y les aconsejo en cuestiones de su vida familiar, tratando de encaminarlos siempre hacia actitudes positivas.
En todos estos años de servicio, he trabajado con varias generaciones, así que mi mayor satisfacción ha sido cuando me encuentro a mis ex alumnos y me saludan con gusto, algunos me han dado las gracias porque lo que aprendieron conmigo les ha servido en la escuela de nivel superior. Lo que quiero decir es que, no importa cuántos reconocimientos o diplomas haya obtenido con los alumnos de concurso o por participar en tal o cual curso, sino el que algún alumno me recuerde por mi trabajo, por lo que pude plasmar en él en el período de su formación, eso es lo más significativo.
En conclusión puedo decir que me siento satisfecha y realizada como profesionista, pues trabajo en algo que me agrada y en lo que, estoy consciente, es una labor muy importante para mi país, la de formar personas que serán los futuros ciudadanos en cuyas manos podrán estar nuestros hijos, nuestra salud, nuestra economía, nuestros dirigentes políticos, etc. Por esto, invito a todos los docentes que pongamos mucha atención en nuestra labor, que tengamos en cuenta que moldeamos personas en cuanto a sus hábitos, actitudes y pensamientos.

Los saberes de mis alumnos

LOS SABERES DE MIS ESTUDIANTES
TRABAJO DE: MA. TERESA HERNÁNDEZ LECHUGA
Para realizar esta actividad he elegido al grupo 201 porque cuenta con alumnos que tienen características afines, una de ellas es que tienen disposición para colaborar y son muy dinámicos, entonces me pareció que deben ser muy buenos en esto del ciberespacio.
Las actividades que me informaron saben hacer son, en primer lugar, jugar en línea, chatear con los amigos o personas de otros lugares que no conocen personalmente, bajan videos, comparten fotos y videos en diferentes páginas web, crean su metro flog para compartir mensajes, imágenes, fotos y se firman unos a otros, buscan información sobre los contenidos de las materias, bajan y ven películas, descargan música, buscan programas como ares, nero y de antivirus; además, editan fotos.
Les plantee la situación de este trabajo y les informé que la unidad que vamos a empezar es sobre textos recreativos, por lo que les sugerí la forma en que podemos trabajar esos temas con el uso de Internet; ellos propusieron que se podían bajar cuentos, canciones, poemas, obras de teatro; intercambiar información a través de los correos electrónicos, realizar el análisis personal y enviarlo al docente para ser evaluados. Los ejercicios de análisis pueden realizarse en cuanto al contenido y a la forma.
Sondeando al grupo para saber quiénes son los que saben trabajar con Internet, pude darme cuenta que 12 alumnos manejan muy bien estos conocimientos, los cuales se comprometieron a enseñarles a los otros 26 que saben menos, o que no están familiarizados con esta tecnología; los lugares donde les van a enseñar va a ser en sus propias casas, algunos; otros en casas de algunos familiares y, los que están estudiando en escuelas particulares, ahí se van a llevar a los compañeros para hacer uso de las computadoras. Lo que les van a enseñar va a ser de manera práctico, me di cuenta que no quieren explicaciones teóricas, sino ir directamente a hacer las actividades que les van a indicar sus compañeros, y éstas son las que mencioné al principio del texto.

martes, 26 de mayo de 2009

Bienvenidos a navegar sin parar

Hola, compañeros del grupo 76:
Les doy la más cordial bienvenida a este espacio en el que podremos compartir todo lo que vayamos aprendiendo en esta especialidad, comentarios, materiales, fotos, videos, etc.
Empecemos, pues, esta nueva experiencia. Enhorabuena.